Me consta, don Jorge Luis

José Raúl Jaramillo Restrepo

En el segundo semestre de 1965 realizó la primera de las dos visitas que hizo a Medellín. Y fue en el Paraninfo, al inicio de una tarde de verano, cuando el sol pegaba duro sobre los ventanales y aún faltaban muchas horas para que se despidiera de la ciudad. ¡Calor de espacio cerrado, de muchas personas ansiosas por la conferencia, de apretujamiento y sofoco y empujones, de poco espacio para tanta gente, en definitiva!

Y, al fin, llegó, tomado de gancho por una señora bajita, robusta, de edad indefinida y de gafas con lentes tan oscuros que parecía que la ciega fuera ella, porque él, el conferencista, no portaba anteojos sino un bastón en el cual se apoyaba con firmeza como desconfiando de la ayuda de quien, en ese momento, fungía como su reciente esposa, una maestra jubilada de apellido Astete, y quien había sido la primera novia adolescente del ya veterano escritor.

Al ingresar al magno salón, presidido por una vitela que representa al Corazón de Jesús, los aplausos fueron atronadores. Íbamos a oír y a estar cerca del ilustre poeta, cuentista y ensayista que desde hacía varios lustros pisaba duro en el mundo de las letras de América y del Occidente del mundo. Honor inmenso que nos proporcionaba la universidad a muchos de nosotros que veníamos de provincias, donde los escritores son unos cuantos engolados que publican en el único periódico de la localidad, sin ninguna competencia importante y, por tanto, que se consideran los exclusivos representantes de la pluma, de la opinión certera, de la crítica y la poética.

El rector estaba sentado en el sillón con arabescos, propios de su dignidad, enseguida de la silla destinada al conferencista. Frente a esta habían puesto una jarra de vidrio, con agua, y un vaso debidamente limpio, transparente, como correspondía a la importancia del invitado esa tarde. Entró, pues, el escritor, se sentó y agradeció con gestos de la cabeza y las manos los aplausos que no habían cesado desde su ingreso al solemne sitio. En uno de esos movimientos alcanzó a rozar la jarra, oportunidad que el rector aprovechó, acto seguido, para coger los dos objetos de cristal y situarlos frente a su silla con el fin de evitar, según dio a entender, que el ciego expositor los quebrara con un irregular movimiento de sus arrugadas manos, precisamente al lado de él, quien, según fama, era muy dado a cuidar hasta el mínimo objeto de propiedad de la institución a su cargo. Al momento, el vaso y la jarra fueron tomados de manera brusca por el autor invitado y llevados nuevamente frente a su silla, demostrando que aún tenía luz en sus ojos, suficiente aunque poca, lo que provocó un estallido de risas en el atiborrado salón, y la consiguiente vergüenza del rector Jaramillo Vélez, quien, con sus cachetes rojos a punto de explotar, a no dudarlo deseó que se abriera la tierra y que, aunque fuera a él solo, lo hiciera desaparecer.

A continuación se inició la conferencia sobre el tango, el lunfardo y otros asuntos de la cultura de Argentina. Jorge Luis Borges, entre gagueo y gagueo y en un tono de voz tan bajo que había que escucharlo con suma atención para entender algo, nos deleitó dos horas de esa tarde que nosotros, recién iniciados en la universidad, no hemos olvidado. Ni el rector logró desechar de su memoria el resto de su vida, estamos seguros.

Lo que cuento me consta, nos consta a quienes esa tarde aún fresca en nuestro recuerdo colmamos a más no poder el Paraninfo de la Universidad de Antioquia.

El autor nació en Armenia, Quindío -Colombia- en 1944. Abogado. Cofundador y egresado de la Universidad Autónoma Latinoamericana -Medellín-.